jueves, 10 de octubre de 2013

El Veterinario Avaricioso (Leyenda del Pirineo)


Cuenta una leyenda que hace muchos años, en un pueblo del Pirineo vivía un veterinario, conocido por su avaricia y malos modales. Cuando las gentes del lugar se dirigían a él, para que sanara sus animales, primero intentaba averiguar qué bienes materiales tenían, no sea que no pudieran pagar sus honorarios.

En una ocasión le pidieron que atendiera un burro, sus propietarios, no tenían bienes con qué pagarle, tan solo tenían unas arandelas de plata, que conservaban como un recuerdo de familia. Decidieron pagarle con estas arandelas y el veterinario aceptó, de modo que, en cada visita que le hacía al animal, les cobraba una de esas arandelas, hasta que se terminaron y ya no pudieron seguir pagando. Entonces el veterinario les dijo que no volvería; a los pocos días murió aquel burro y sus amos se quedaron al borde de la miseria, ya que le habían dado toda su fortuna al malvado veterinario.

Era tan usurero y avaricioso, que se había granjeado la antipatía de todos los vecinos. No había uno solo que hablara bien de él. Al cabo del tiempo los vecinos le echaron en falta, porque hacía semanas que no se dejaba ver por el pueblo, y decidieron acercarse a su casa para ver qué pasaba, encontrando que había muerto hacía varios días.

No se lo merecía mucho, pero pensaron que debían hacerle un funeral y un velatorio. Avisaron a su familia, que hasta entonces no había querido saber nada de él, por lo avaricioso que era; organizaron el velatorio y cuatro mujeres se ofrecieron voluntarias para velarlo durante toda la noche.

Era una noche fría de invierno y soplaba un aire furioso, así que se prepararon con buenas ropas de abrigo para no pasar frío. Pero a pesar de todo, como había una ventana rota, las cuatro estaban congeladas y temían ponerse enfermas si seguían allí. Pensaron que no pasaría nada si dejaban al muerto solo en la sala y ellas se marchaban a la cocina, donde se estaba indudablemente más caliente. Así lo hicieron y una vez allí pensaron que no pasaría nada por beber un poquito de la cazalla del difunto, para entrar en calor. Y no solo un poquito, sino que se la bebieron toda y al poco rato comenzaron a tener más calor y a sentirse bien.
Y tan bien se sentían que comenzaron a sentir ganas de bailar y cantar. Así que se pusieron a bailar y a cantar hasta altas horas de la madrugada. Pero más tarde siguieron pensando y recordaron lo avaricioso que era el muerto y dedujeron que seguro que tenía mucho dinero escondido en la casa. Se pusieron manos a la obra y comenzaron a rebuscar por los rincones hasta que encontraron todo el dinero y todas las joyas. Se lo repartieron todo y no dijeron nada a nadie. Al día siguiente se celebró el funeral y cuando terminó cada una se marchó a su casa.

Pero al cabo de unos días las cuatro mujeres empezaron a sentir remordimientos de aquel hurto y casualmente comenzaron a pasar cosas extrañas. Una de ellas creyó ver, apoyado en una ventana de la casa, un raro animal de ojos rojos, que más bien parecía un monstruo, porque nunca había visto nada igual. Se lo contó a las otras mujeres y la voz corrió por el pueblo. La gente comenzó a tener miedo, porque varias personas en el pueblo habían visto el extraño animal.

No podían seguir así, de modo que decidieron organizar una batida y darle caza. A los pocos días consiguieron cazarlo y efectivamente vieron que se trataba de un animal nunca antes visto por esos contornos, pero nadie sabía qué era. Las mujeres, que todavía seguían con remordimientos, pensaban que aquel, era el espíritu del veterinario que había ido a reclamarles cuentas por el robo y por beber su cazalla, y estaban cada vez más nerviosas.

Ocurrió que en esos días llegó al pueblo el nuevo veterinario, al que le contaron lo ocurrido y le enseñaron el cadáver de la fiera. Éste, que venía de la ciudad y estaba al tanto de todas las noticias que se propagaban, les dio la solución, se trataba de un animal africano, que se había escapado de un circo, semanas antes. Todos quedaron en el pueblo muy tranquilos, todos, excepto las cuatro mujeres del velatorio, que seguían con remordimientos.

Pasado un tiempo llegaron los familiares del difunto para asistir a la lectura del testamento y todo el pueblo estuvo presente. Comenzó la lectura y las cuatro mujeres se quedaron petrificadas. No se lo podían creer. En el testamento se decía por expreso deseo del difunto que toda su fortuna se diera a las personas que pasaran con él sus últimos minutos, que digno era que se les recompensara por eso. Y que no quería un funeral aburrido y con lloros, sino una gran fiesta de risas, alcohol y juerga hasta altas horas de la madrugada. Las cuatro mujeres se miraron sorprendidas porque sin saberlo habían cumplido la voluntad del avaro veterinario.

Y cuenta la leyenda que desde este momento en algunos pueblos del Pirineo, los funerales se celebran todavía con una gran fiesta, donde se baila, se come y se bebe hasta la madrugada. Las cuatro mujeres quedaron satisfechas, pero desde entonces acudieron a velar a todos los difuntos, como agradecimiento de su buena fortuna. Y aún ahora, después de muchos años, se dice que todavía se pueden oír sus carcajadas, por el valle cada vez que muere alguien……porque siguen celebrando su fiesta con cazalla, bailes y cantos…… Esto no tendría nada de particular si no fuera porque ellas murieron hace tiempo…


Autor: Desconocido.

martes, 8 de octubre de 2013

La Mocadorá ( Sant Donís )


Mañana 9 de Octubre se celebra en Valencia dos fiestas, el día de la Comunidad Valenciana y el día de Sant Donis (San dionisio), que es como el día de los enamorados valencianos y es muy bonito lo que se hace, os cuento la historia que espero os guste y mas viendo las imágenes, si os gusta el mazapán ya podéis poneros un pañuelin que se os caerá la baba:), esta todo buenísimo y todas las figuritas todas todas como he dicho son de mazapán, que aproveche!!

La "Mocadorá" (significa pañuelo) es una celebración popular, que tiene lugar el día de la Comunidad Valenciana (9 de Octubre), que así mismo es el día de San Dionisio (San Donís), patrón de los enamorados valencianos. La tradición consiste en que los hombres regalen a sus parejas un pañuelo en el que hay envueltos dulces hechos con mazapán de distintas formas y colores que representan frutas y hortalizas de la huerta valenciana.

La conmemoración de la entrada de Jaime I el Conquistador en la ciudad, comenzó probablemente con el primer centenario (1338) de la entrada a la ciudad, y poco a poco se fue convirtiendo en una fiesta anual.

La víspera de la fiesta y durante todo el día de Dan Dionisio se lanzaban cohetes (en cierta ocasión se llegaron a lanzar 13.000 cohetes desde la terraza del Palacio de la Generalitad). Era una fiesta muy ruidosa y fresca para las autoridades de la época, que veían con recelo como los placeres carnales también se hacían patentes.

La tradición de la "mocadorá" se remonta al siglo XVIII, cuando tras la Guerra de Sucesión, los Decretos de Nueva Planta prohibieron la celebración de la entrada de Jaime I en Valencia, Como respuesta a la prohibición "Borbonica", los panaderos empezaron a producir unos dulces de mazapan que representaban los cohetes prohibidos, pero al mismo tiempo, por su forma falica o redonda recordaban los órganos sexuales masculinos y femeninos, son los llamados "Piuleta" i "Tronador".

Piuleta
Tronador
También se fabrican pequeñas frutas y hortalizas, que según la creencia popular hacían referencia a la fertilidad de la Huerta Valenciana, como a las hortalizas que los moros regalaron a la Reina Doña Violante de Hungria (esposa de Jaime I).

Los dulces iban envueltos en un pañuelo "mocador" y todo junto dulces y pañuelo constituía el regalo para la persona amada. Así fue como poco a poco el pañuelo dio nombre a la festividad, muchos valencianos consideran el 9 de Octubre como el día de los enamorados (su San Valentin particular).

Esta es mas o menos la historia del San Valentin valenciano, espero que os haya gustado, la pena que no podáis degustar las frutitas de mazapán que son una delicia, ya lo hago yo por vosotros :).

Imitando a los ajos
Patatas
Pimientos
Calabaza
Berenjena
Limones
Sandia

Como podéis ver en las demás imágenes se imita toda clase de frutas, verduras y hortalizas, como la coliflor, habas, plátanos, maíz, zanahorias, manzanas, en fin de todo lo que os podéis imaginar, siendo cada pieza una pequeña obra de arte ya que son idénticas a las de verdad pero estas con la dificultad de que son en pequeño, tienen mucho merito todos los pasteleros y panaderos que hacen este trabajo.
Una semana o dos antes de la fiesta ya se ven los escaparates de centros comerciales, pastelerías y hornos llenos de Pañuelos, Fulars y Pashminas listos para ser elegidos y mejor aun, ser regalados junto a los dulces.




domingo, 6 de octubre de 2013

Los Dos que Soñaron


Cuentan los hombres dignos de fe, que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:
-Tu fortuna está en Persia, en Isfaján, vete a buscarla.
A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres.

Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita una casa, donde una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa,  las personas que dormían se despertaron  pidiendo  socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.

El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:
-¿Quién eres y cuál es tu patria?
El hombre declaró:
-Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.
El juez le preguntó:
-¿Qué te trajo a Persia?
El hombre optó por la verdad y le dijo:
-Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

El juez echó a reír.
-Hombre desatinado -le dijo-, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín. Y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.
El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio la bendición,  lo recompensó y exaltó.


Autor: Desconocido.



jueves, 3 de octubre de 2013

La gran cólera de la Diosa del Sol


Había gran tumulto en la feliz mansión de los dioses, Suzano, el terrible dios de la tempestad se portaba mal de veras. Exuberante, tosco, torpe, grosero, cual aldeano que por vez primera baja a la ciudad, sentíase extraño entre aquellos áureos edificios, entre aquellos jardines de ensueño, entre aquellas delicadas nebulosas y aquellos evanescentes cometas. Lo derribaba todo a su paso, hollaba los delicados arriates, arrancaba los árboles perfumados, hacía desbordar los plateados ríos, desbarataba las estrellas y arruinaba los palacios divinos.

Todos los dioses estaban cansados de él, pero la más indignada era Amaterasu, la bellísima diosa del sol, que muy a menudo se peleaba con el terrible hermano. Un día, tras una disputa más violenta que las de costumbre, roja de cólera, cerró los puños, y echando chispas por sus luminosos ojos, con voz enronquecida por la indignación, anunció su firme decisión de vivir oculta para siempre. Dicho y hecho. Se retiró a su celeste morada de peñas, cerró herméticamente la puerta y desapareció de la vista de todo el mundo. Entonces el universo estuvo de luto. En el cielo y en la tierra ya no había luz ni calor, y se extendía por doquier, con su tupida cortina de tinieblas, una profunda noche eterna.

Los dioses, desesperados decidieron reunirse en la Vía Blanca como la leche, para celebrar consejo. Uno tras otro, andando a tientas a través de las tinieblas, llegaron al lugar de la cita. Cuando la asamblea estuvo completa. Ocho millones de dioses se hallaban en el camino celeste y en aquélla oscuridad densa como la del infierno, oíase un zumbido semejante al de un enjambre de moscas en pleno verano.

-¿Qué debemos hacer para obligar a la diosa del Sol a reaparecer?- preguntó entonces el rey de los Dioses.
A continuación tomó la palabra Taka-mi-misubi, el dios de la inteligencia y de la astucia.
-Quizá- dijo- la diosa aparecerá si oye cantar los gallos.
La propuesta del astuto dios fue acogida con vivos aplausos. Inmediatamente fueron izados largos caballetes sobre los cuales se colocaron mil gallos de plumaje abigarrado y voz tonante. A una señal, las aves se echaron a cantar a grito pelado, mientras a su alrededor los dioses aguantaban la respiración en espera de la reaparición de Amaterasu.
Pero las tinieblas no fueron surcadas por ningún rayo luminoso y la puerta de la caverna se mantuvo herméticamente cerrada.

Taka-mi-misubi habló entonces de nuevo:
Amaterasu, antes que diosa, es mujer- dijo- y, como todas las mujeres, es ambiciosa, curiosa y celosa. Explotemos estas características femeninas en nuestro beneficio. En seguida el dios fabricante preparó un estupendo espejo e hizo magnificas alhajas. Los otros dioses trajeron también espléndidos dones, brocados, telas hechas con alas de mariposa, sombrillas vaporosas de abigarrados papeles, chales multicolores, cintas leves y suaves, velos, blondas, etc. Todo lo cual fue puesto convenientemente frente a la gruta de la diosa. Al lado de estos espléndidos obsequios, fue colocada una tarima, sobre la cual se puso a danzar con gracia la diosa Uzume. Las otras divinidades admiraban sus graciosos movimientos y aplaudían con entusiasmo sus piruetas.

Amaterasu, desde el fondo de su morada oyó aquellos ruidos y aplausos y muy pronto se sintió picada por la curiosidad.
-¿Qué será lo que tanto les divierte?- se preguntaba , ansiosa.
¡Parece que mi ausencia no los entristece!
Llevada por la curiosidad, entreabrió la puerta para echar una rápida ojeada a los de afuera; los demás dioses se dieron cuenta de ello y la diosa Uzume le dijo:
- Ven, Amaterasu, ven a participar de nuestra alegría. Acaba de llegar entre nosotros una nueva diosa, más bella y resplandeciente que tú.
A tales palabras, la curiosidad de la divina prisionera mudose rápidamente en terribles celos. ¿Una nueva diosa? ¿Y más hermosa y resplandeciente que ella? Abrió un poco más la puerta para ver a aquella terrible rival , y haciendo esto descubrió, reflejada en el espejo, su propia imagen. Un grito de sorpresa, seguido al instante por un suspiro de alivio: Amaterasu se había reconocido en el espejo.

Avanzó hacia el cristal, vistiose las estupendas telas, se adornó con las alhajas centellantes y sonrió. Su sonrisa, más hermosa y resplandeciente que antes, iluminó el mundo.
Entonces todos los dioses la rodearon, obsequiosos y reverentes. Luego todos juntos se encaminaron hacia la morada de Suzano como una avalancha, agarraron al terrible dios, le cortaron la barba, le arrancaron las largas uñas que parecían garras y lo expulsaron como merecía del cielo.
Desde entonces, radiante y benéfica, la luz del Sol resplandece sobre el universo sin oscurecer jamás.


Autor: Desconocido.



domingo, 29 de septiembre de 2013

El Espíritu del Sauce


En el jardín de un rico samurái en Kioto, crecía un magnífico sauce llorón, de bellas ramas gris-plata. Pero el samurái no sentía simpatía por el sauce, porque estaba convencido de que le traía desgracia, según la opinión de muchos japoneses, tanto que un día decidió derribarlo. Comunicó sus propósitos a un vecino, el noble samurái Inabata.

-No lo derribes-dijo Inabata. Sé cierto que los sauces suelen ser la prisión de algún espíritu. Es un árbol magnifico. Dámelo que lo plantaré en mi jardín.

El otro accedió. Inabata hizo transportar la planta a su jardin,  allí lo trasplanto y cuidó con esmero. Lo regaba él mismo, lo preservaba con una pantalla de hojas, del ardiente sol estival y de las intemperies invernales, y pasaba buena parte de su tiempo contemplándolo con amor.

Una mañana, al bajar como solía al jardín para visitar el árbol, encontró apoyada en el tronco a una muchacha de rara belleza. Pasada la sorpresa del primer instante el samurái no preguntó a la desconocida quién era ni cómo pudo entrar en su casa y le ofreció una taza de té.

La desconocida aceptó de buen agrado la invitación y se mostró tan agradable y tan alegre y simpática que hechizado por su hermosura y su ingenio, Inabata acabó por pedirle si quería casarse con él. La mujer acepto con entusiasmo y las bodas fueron celebradas el mismo día. Los esposos vivieron felices durante algunos años y tuvieron un hermoso niño, al que le pusieron por nombre Yanagi. Pero la felicidad de este mundo tarde o temprano, tiene fin.

Un mal día, el señor de Kioto mandó a unos hombres a la casa de Inabata con la orden de derribar el sauce. Había sucedido que en el templo de Kioto, una pilastra se había quebrado y los sacerdotes dijeron que para repararla, era menester el sauce más hermoso de la ciudad. Y dado que el sauce de Inabata, al decir de todo el mundo, era el más bello ejemplar que podía imaginarse, había obtenido del soberano la orden de derribarlo. El samurái se inclinó respetuoso ante el mando de su señor, aunque sintiese su corazón oprimido por la angustia. Pero cundo los hombres bajaron al jardín para iniciar su trabajo, la esposa se acercó al atribulado Inabata y le dijo:

-Debo hacerte una confesión. Tú has tenido la delicadeza de no preguntarme nunca quien soy . También yo hubiese preferido guardar el secreto pero a hora ya no es posible. Yo soy el espíritu del sauce. Cuando impediste a tu vecino que lo derribase, sentí una inmensa gratitud por ti. Cuando me acogiste en tu jardín y me atendiste con tanto cariño, mi reconocimiento se transformo en amor, he aquí que fui tu esposa. Mas ahora debo morir. Tú no puedes y no debes desobedecer a tu señor. Sufro mucho al tener que separarme de ti, pero te dejo la mejor parte de mí misma, nuestro hijito Yanagi, que estará siempre a tu lado, te amará y te honrará. Adiós.

Inabata, desesperado, quiso detenerla, tendió los brazos mas sólo estrecho el aire. La mujer, convertida ya en un fantasma, se dirigió hacía el sauce y desapareció en su tronco.

Los hombres enviados por el señor de Kioto no se habían dado cuenta de nada y continuaban golpeado a hachazos la base del árbol para derribarlo. Finalmente, entre crujidos y gemidos, que parecían suspiros humanos, el sauce cayó al suelo. Ahora era necesario transportarlo hasta el templo. Pero el árbol tendido en tierra se resistía a todos los esfuerzos. Entonces los hombres pidieron ayuda, fueron al jardín de Inabata todos los ciudadanos jóvenes y robustos, una cuerda fue atada al tronco, y trescientos hombres empezaron a tirar de ella. En vano. El sauce permanecía quieto y no se movía ni un centímetro.

Inabata y Yanagi observaban asombrados aquel prodigio. En esto el pequeñoYanagi que entonces sólo tenía cuatro años, se acercó al sauce, le acarició suavemente las hojas de plata y luego cogiendo una rama, murmuro:

-Ven conmigo.

El árbol cedió al dulce ruego, se agitó y se puso en movimiento, llevado por la mano del niño dócilmente, la planta se dejó transportar hasta el templo.

Autor: Desconocido.



jueves, 26 de septiembre de 2013

Una calle en silencio


Tuvo la extraña sensación de conocer ya aquel pueblo en el que jamás había estado. Quizá eran sus calles angostas, empinadas y empedradas, bordeadas de casas grises con balcones vacíos. Tal vez porque la plaza tenía un kiosco como tantos otros, rodeado de árboles, y una fuente seca junto al monumento. Probablemente fue por la gente paseando en círculos por el centro, saludándose sin detenerse porque nada tenían que decirse o ya lo habían hecho. O fue por la melancolía de la tarde, cuando el ocaso anuncia el pronto descanso; o porque comenzaron a dibujarse sombras y éstas le trajeron recuerdos. Pero sintió que conocía el pueblo, si bien era la primera vez que lo visitaba y de ello estaba muy seguro.
Supo que era por aquella calle, una en la que sonaba el silencio. Lo leyó en los árboles tristes, las casas viejas con abolengo, la hiedra que cubría las paredes y en la sensación de un recuerdo. Se detuvo ante una puerta y dejó volar sus pensamientos. Se parecía la entrada, con tres escalones, una reja forjada y una imagen de algún santo. Se parecía a otra casa, a una casi borrada en su mente, aunque no había olvidado lo que hubo dentro. Y se parecía a otras, a miles en calles con árboles y silencio.
Observó la ventana y la cortina que se separaba. Vio durante segundos unos ojos y luego volvió a su estado el velo.
Se apoyó en un árbol, encendió un cigarrillo y lanzó el humo al viento. Un nudo le tapó la garganta y algo se le movió en el cuerpo. Era como aquélla la casa de sus recuerdos. Así como la cortina y los ojos. Y en la sala había un piano, cuadros rancios en las paredes y un gato dormilón en las rodillas del anciano. Y ella en la ventana, espiando sus movimientos, aguardando verle en el árbol, con el cigarrillo encendido y la sonrisa en los labios. Luego salía al porche y ambos se sentaban en los sillones de mimbre, oliendo el azahar de la tarde, escuchando el murmullo de la brisa, leyendo sus pensamientos.
Así fue aquella tarde sin mañana, cuando el ocaso se tiñó de luto y el llanto empañó sus ojos. Se cerró para siempre la cortina, él olvidó el camino y esperó que el tiempo borrase sus recuerdos. Pero regresaba en cada pueblo, en cada calle en silencio, en cada pared con hiedra, en cada árbol gris de la tarde, en cada crepúsculo melancólico.
Se abrió la puerta y la mujer salió al porche. Se sentó en el banco ornado de azulejos. Miró hacia el árbol, el hombre y lo que había a lo lejos. Él subió los tres peldaños y apoyó la espalda en la pared. Observó a la mujer, sin verle ni el rostro o el cuerpo. Intentó ver en ella a otra, como mimbre en los azulejos.
—¿Tiene un piano en la sala? —preguntó en tono quedo.
—No —dijo ella con una sonrisa para forasteros.
—¿Y cuadros viejos en las paredes, un gato y un abuelo?
—No —respondió ella, perpleja—, no tengo nada de eso. Vivo con mi hermana y su esposo.
Ella sonreía invitante, deseosa de conversación. El atardecer motivaba a un rato en el porche, incluso al lado de un forastero.
Él descendió los escalones y encaminó sus pasos por la calle, dentro del silencio. No, no conocía aquel pueblo, ni la calle sombría, ni la hiedra sobre los muros de piedra, ni el kiosco y la fuente seca. Se parecía a uno de sus recuerdos, a uno al que sólo volvería en sueños.


Autor: Erlantz Gamboa.




lunes, 23 de septiembre de 2013

Los tres árboles enanos


Nevaba grandes copos desde hacía más de tres días, los campos estaban sepultados bajo un manto de blancura inmaculada. Por doquiera había desolación y tristeza. Parecía que de repente el mundo se había despoblado, que los hombres y los animales hubiesen desaparecido, abandonando a su destino unas pocas plantas desnudas, esqueléticas, que alzaban sus descarnados brazos hacia el cielo, como en demanda de piedad.

También las viviendas de los hombres habían desaparecido, sepultadas bajo aquel lienzo blanco, inmenso, que se extendía monótono e inexorable sobre todas las cosas. Pero no, o por lo menos no todas, ya que en el centro de aquella llanura blanca y desolada, había una cabaña. El tejado estaba cargado de nieve, la chimenea estaba encapuchada de blanco y no despedía humo alguno. Todo era silencio en torno, un silencio mortal desconsolador.

¿Estaban tal ve muertos los habitantes de aquella solitaria cabaña? No. Tomanari y Maharita estaban vivos, bien vivos, pero acaso hubiese sido mejor que hubiesen muerto. En la cabaña reinaba una miseria absoluta; y ello se veía no sólo en los rostros descarnados de sus dos habitantes, no sólo en las andrajosas y descoloridas ropas que los cubrían sin lograr resguardarles del punzante frío, sino también en el hogar apagado, en la desnudez de las paredes, en la sordidez de la estancia, con la despensa absolutamente vacía, a lo sumo quedaría un pedazo de pan.

Sólo en un rincón se veían tres arbolillos enanos, plantas que en el Japón son apreciadas, uno era un thuya que tenía cien años, el segundo era un pino de ciento veinte años, el tercero un arce de doscientos años.

Tomanari y su mujer adoraban aquellas tres plantas, las cuidaban como si fuesen sus hijas, las acariciaban con ternura y se pasaban días enteros contemplándolas con la misma adoración con que un avaro contempla su tesoro. Si las hubiesen vendido, la miseria habría desaparecido de la cabaña, la despensa colmada de alimentos. Pero ellos preferían morir antes que separarse de las tres plantitas adoradas.

Al atardecer, alguien llamó a la puerta de la mísera morada. ¿Quién podía aventurarse por aquel lugar tan desolado y en tal hora? ¿Quién podía visitar a aquellos dos desgraciados, abandonados de todos? Maharita fue a abrir.

En el umbral apareció un mendigo, tembloroso de frío.

-Dispénsame –murmuró-, pero tengo tanto frío, tengo tanta hambre y estoy tan cansado…Concédeme hospitalidad por esta noche; si no, moriré en el camino…

Tomamari y Maharita se miraron ¿había, pues en el mundo un ser más pobre y desvalido que ellos? ¿Había, pues quien no tenía ni siquiera un techo en que cobijarse?

-Entra, entra-dijo Tomamari, con voz emocionada. Nosotros somos pobres, muy pobres, pero lo poco que tenemos es también tuyo.

Y ofreció al mendigo el último pedazo de pan duro que había quedado en la despensa y que habían guardado para la sopa del día siguiente. El desconocido lo devoro famélico; pero seguía temblando de frío. ¿Qué hacer? No quedaba ni un trozo de madera en la cabaña, lo habían quemado todo, las sillas, las mesas, las camas. Sin embargo, sí, algo quedaba todavía. Tomanari y Maharita se miraron con angustia. ¿Debían ahora sacrificarlos?

-Si-dijo Maharita, ahogando apenas un sollozo. No podemos soportar que este hombre muera de frío ante nuestros ojos.

Y valerosamente, mientras gruesas lágrimas regaban sus mejillas, la mujer tomó el thuya centenario y lo hecho a la hoguera. Las llamas se alzaron alegres bajo la campana de la chimenea que por tanto tiempo había estado fuera de servicio, esparciendo en torno un ligero calor. Pero muy pronto el fuego se apago, y Maharita tuvo que alimentarla con el pino. Al poco tiempo, el arce siguió la suerte de sus hermanos.

Pero he aquí que entre el crepitar y el culebrear de las lívidas lenguas de fuego, apareció la figura majestuosa y sublime de Buda, el dios de los japoneses, al tiempo que una voz parecía provenir a la vez del cielo y de la tierra, decía:

-Habéis dado todo cuanto teníais a un pobre y yo bendeciré vuestra casa. De ahora en adelante no os faltará nada.

La aparición se desvaneció. Ambos se volvieron hacia el peregrino, pero éste había desaparecido.

Tomanari y Maharita lanzaron un grito de asombro, las paredes de la casa ya no estaban desnudas, sino que aparecían cubiertas de espléndidos tapices, por el suelo se extendían alfombras, ricos muebles aparecían repartidos por la estancia, y la despensa abierta de par en par mostraba una espléndida variedad de manjares.

El fuego seguía chisporroteando en la chimenea, y, por último, cosa, más prodigiosa aún, en su rincón estaban sanos y verdes los tres arbolillos enanos que momentos antes habían sido pasto de las llamas.

Habían sufrido mucho de hambre y frío, pero, gracias a su bondad, ahora tenían su justa recompensa. Tomanari y Maharita se echaron uno en brazos del otro y estallaron en llanto. Pero esta vez eran lágrimas de alegría.


Autor: Desconocido.