miércoles, 18 de mayo de 2011

El Árbol que quería hacer música.



De pronto, un día como cualquier otro, salió a la luz. Se enfrentó de tajo a los rayos del sol: cegadores,  intensos, pero también  tibios y reconfortantes. Brotó bostezando, con un bostezo largo de aburrimiento, de tedio y de resignación. Tanto estiró sus ramitas que alcanzó a empujar la tierra y logró salir un poco. Al sentir el aire en la punta de sus hojas se quedó quieto y temeroso. No duró mucho su timidez, pronto se acostumbró a ese nuevo panorama. En cuanto se repuso del golpe cegador del sol, miró con detenimiento ese nuevo mundo. Por vez primera, se fijo en el azul profundo del  cielo y en las nubes acolchonadas que forman figuras al desplazarse con el aire. Vio muchos seres como él, algunos con flores de colores, otros grandes y robustos, pero todos quietos, en silencio, como si no fueran conscientes de la belleza que les rodeaba. -Que diferente es aquí arriba- pensó- Bajo la tierra todo es húmedo, gris, apretado y  callado. Con un silencio que lastima. 

Se sorprendió cuando un gusano detuvo su andar para observarlo, siguiendo su camino unos segundos después con indiferencia. En seguida, conoció a las mariposas con sus alas maravillosas revoloteando traviesas y curiosas. Lo que más le impactó hasta quedar sin aliento, fueron los pajarillos. Primero sintió temor de ser aplastado, cuando uno pequeño  llegó brincoteando cerca de él. Más, en cuanto abrió las alas y levantó el vuelo, se tranquilizó. Fue una visión majestuosa y espectacular. 

Apenas estaba recuperándose de esta impresión,  pensando que  esto era lo mejor y más esplendido que existía en el mundo, cuando el plumífero amigo se posó en lo alto de un árbol y comenzó a cantar…¡Qué espectáculo tan fantástico! Los trinos de la avecilla eran armoniosos y delicados, hermosos. Tanto, que la pequeña plantita sintió como se estremecía hasta su última raíz, provocando con ello que sus tímidas gotitas de rocío, humedecieran la tierra que lo sostenía. Contagiada por el derroche de belleza y deseando unirse al concierto, levantó con emoción sus 3 ramitas, haciendo un descomunal esfuerzo para emitir un sonido igual  al de aquella criatura celestial, solo consiguió que con la sacudida una de sus hojitas se desprendiera de él. ¡Era inútil!. No tenía voz. Fue tanta su tristeza y frustración que a partir de ese momento,  solo sintió melancolía. 

Comenzó a lamentarse por ese triste destino que lo obligaba a vivir anclado al frío cobijo de la tierra sin tener movimiento, ni voz, ni alas. Las otras plantas y árboles, al percatarse de lo que le sucedía, se burlaron de manera cruel. Lo llamaron loco e insensato, le hicieron ver que al pertenecer al reino vegetal,como ellos, lo único que podía esperar de la vida era crecer en ese metro cuadrado de tierra y permanecer ahí años y años, tal como correspondía a su calidad  vegetal. Pero él no podía resignarse a vivir inmóvil  mirando todo cuanto le rodeaba, veía su vida absurda sin sentido ni destino. No entendía por qué Dios lo había hecho parte de su creación siendo solo una insignificante planta. 

Encontraba consuelo a su desdicha en los pajarillos que iban y venían, a los que amaba entrañablemente; cuando oscurecía y la luna salía a iluminar el paraje en esas noches frías; el sentir el viento correr entre sus ramas era todo un placer, se quedaba  arrobado escuchando el soplido silbante como un susurro que lo hechizaba; igual estaba la lluvia,no había ningún evento comparable a aquel en que todo comenzaba con las gotas cayendo pausada y rítmicamente: “plip - plas” con esa cadencia acompasada, uniforme, que iba aumentando de velocidad conforme avanzaba la tormenta, momento en que los truenos se unían avasallantes con su enérgica voz. 

Sin faltar en aquella sinfonía el viento con su efímero canto. Levantaba sus hojas que bailaban contentas en esa danza sin fin. Adoraba esa composición creada por la naturaleza con tal maestría logrando un efecto violento, fuerte, apasionado y ensordecedor, para luego, bajar la intensidad mientras los sonidos de los truenos se iban apagando junto con el viento que empezaba a callar hasta que solo permanecía ese “plip - plas” de las gotas que paulatinamente continuaban con su  “Plip - plas… plip - plas” hasta que todo quedaba en medio de una calma total. Y así, casi sin darse cuenta creció y creció hasta que llegó a ser un gran árbol frondoso y fuerte.  

En su interior, continuaba suplicando a Dios consuelo, soñando sin esperanzas, sin doblegarse ante las burlas de los otros que seguían mirándolo con lástima. Una mañana, varios hombres llegaron montados en artefactos ruidosos y feos, que hacían al caminar un sonido plano y recurrente. Todas las aves, levantaron el vuelo presurosas,  llenas de pánico. Bien sabían lo que sucedería después, lo habían vivido tantas veces, en esta ocasión, prefirieron huir, pues amaban  al  árbol noble y hospitalario que siempre estaba dispuesto a darles un refugio cálido entre sus ramas y hojas verdes, ahora presentían ese final tan doloroso. Los hombres ignorando la angustia de los animales del bosque, luego de examinar cada uno de los árboles que ahí se erigían, sacaron extraños aparatos cuyo ruido era ensordecedor, terrible, comenzando a talarlo a él, sin que el pobre pudiera hacer nada para evitarlo, y sin entender por qué lo estaban dañando de esa manera, fue sintiendo cómo el metal penetraba en su tronco, causándole un dolor intenso. 

Los demás árboles crueles, comenzaron a injuriarlo,  a reírse de él: -Mira tonto, a donde te llevaron tus sueños vanos- le gritó un roble -Bravo, se llevan al loco- aplaudió el nogal -¿Qué no ves que hace música?-  dijo un pirul. Todos comenzaron a carcajearse sin piedad, mientras el árbol  aterrorizado sintió crujir su centro con dolor,  desplomándose  inevitablemente sintiendo cómo sus ramas se rompían con el impacto de la caída. Terminada la tarea, los hombres lo subieron en los transportes de canto monótono,  plano y se lo llevaron para siempre de ahí. Desconcertado, pensó que aquello era su fin, terminaría secándose y moriría. Era tanta la tristeza que lo embargaba que todo se oscureció de pronto y ya no supo nada más de él. Cuando volvió en si, un hombre de ojos bondadosos estaba frente a él mirándolo, igual que los pájaros, comenzó a cantar mientras lo veía,  con un sonido semejante al canto del viento. -Silba como el aire, pero armoniosamente como un pájaro- se dijo. Entonces supo que estaba a salvo con él. 

Tito, que era el nombre de aquel individuo bonachón, pasó una mano sobre el tronco mutilado, comenzó a acariciarlo mientras continuaba silbando.¡ Que suave se sentía aquello!. Y sin pensarlo más, se lo llevó con él. Pronto supo que aquello era la música que creaban los hombres, escucharla lo relajaba y le brindaba sosiego, además, Tito comenzó a  untar aceites aromáticos sobre su tronco, que lo hacían sentir fuerte a pesar de  estar separado de sus raíces. Por las mañanas  lo sacaba al sol, cubriéndolo con una suave y cálida manta por las noches. Mientras trabajaba en él, le susurraba cariñosas frases, haciendo que el árbol sintiera que había valido la pena lo sucedido a cambio de haberlo conocido. 

Pasaron unas semanas, Tito lo lijó con firmeza y esmero, lo cortó, armó,  pegó con cuidado y atención, le hizo algunas perforaciones que dolieron sólo al principio, después rellenó con pequeñas piezas de chapa de oro. Al final, lo barnizó, dibujo sus líneas, le untó aceite, grabó su firma al reverso, lo dotó de cuerdas al frente y lo guardó. Tomó otra madera finamente trabajada,  aparentemente una vara frágil pero que en realidad era firme, tensó algunas cerdas unidas en sus extremos. Al quedar satisfecho, lo guardó con sumo cuidado en una caja aterciopelada, acojinada, muy cómoda y confortable, mientras le hablaba de una vida nueva llena de música y armonía. Ahí permaneció pacientemente por un buen tiempo, aguardando lo que estaba por venir, después de tanto ajetreo y cambios imprevisibles, hasta que, al igual que aquella mañana de primavera, vio por fin la luz, se estremeció cuando sintió sobre él las manos delicadas,  hábiles de un hombre barbado y gentil que lo examinaba admirado. Con sumo cuidado y respeto, lo colocó sobre su hombro  aprisionándolo con la barbilla, lo cobijó con su brazo y acercó el arco para hacer que lo inaudito sucediera. 

De manera increíble al deslizar las cerdas de la vara por las cuerdas  que Tito le había colocado, el sonido más bello y armonioso que jamás había escuchado salió… de él mismo… ¡Qué prodigio!. Pero ¿qué había pasado? Si meses antes estaba enclavado a la tierra, inmóvil, con un destino que no lo hacía feliz, descontento con su situación de ser un cuerpo sin posibilidades de movimiento, inútil, mudo...añorando la venida de las aves, o del viento, o de la lluvia o de cualquier cosa que tuviera sonido, y ahora … de él salían esas armoniosas notas, de su alma brotaba todo aquello que deseaba expresar,  de una manera  sublime. ¿Qué tenían las manos de aquel hombre que con sus  movimientos lograba esas cadencias, ritmos y tonalidades haciendo que de él saliera ¡MÚSICA!. A partir de ese día, el hombre barbado, llamado Ramses, y él fueron inseparables. 

El antiguo árbol trataba de entregarle sus mejores sonidos, y al mismo tiempo, se dejaba llevar por esas manos mágicas que lo guiaban y que a través de los vibratos  lo hacían temblar de gozo y exaltación. Ciertamente, nunca tuvo las alas de los pájaros, ¡no hicieron falta!, con su nuevo compañero recorrió el mundo, participó en soberbios conciertos y recitales magníficos en los escenarios más bellos, en los tablados más prestigiados, en las coloridas plazas de los pueblos, en la paz de las iglesias, en el típico kiosco de muchas plazas, en cada teatro soberbio o modesto. Supo de ese sonido rítmico parecido a la lluvia pero que no moja ni provoca humedad: el de los aplausos eufóricos y cálidos que lo  estremecían. Nunca olvidó su paraje ni su condición de árbol. Cada noche, después de haber  sonado incansablemente, cuando lo depositaban en su estuche, decía una oración por las aves que lo introdujeron a la música, por Tito el laudero milagroso y bueno que lo ayudó a cumplir sus ilusiones, por Ramses, el compañero inseparable que le daba vida con sus manos virtuosas y que lo guiaba magistralmente para transmitir todo lo bueno que había en su alma en esa música lánguida y dulce que resonaba con el tañer de sus cuerdas, en donde se presentaban. 

El árbol  que quería hacer música, vivió para hacer música y  a través de la mirada amorosa de los que se aman, del pequeño que con entusiasmo grita, aplaude y baila, del anciano que se pierde en sus recuerdos evocando esa melodía que no escuchaba desde su perdida juventud, lleno de arrobamiento,  con un llanto feliz que suena a bemoles y sostenidos piensa en que no importa cuan desierto ni desalentador parezca el panorama, solo se requiere tener un sueño verdadero,  desear fuertemente  con paciencia y sin doblegarse ante los que dudan, para que todo aquello que anhelamos se haga realidad. 

Fin

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La vida no es esperar a que pase la tormenta..., es aprender a bailar bajo la lluvia.

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